La historia de la humanidad nos muestra que la violencia siempre ha estado presente en la vida de los diferentes grupos sociales que la conforman; incluso podemos decir que ha habido épocas de mayor violencia que la actualidad; sin embargo, a finales del siglo pasado y en los inicios del segundo milenio tenemos la percepción de estar viviendo tiempos de una violencia que amenaza todo nuestro entorno. Ante esta situación, es valioso cuestionarse cuál es la diferencia entre el pasado y el presente en materia de violencia. Una primera respuesta es la disponibilidad de la información de los hechos violentos; día con día las noticias de la prensa, la radio y la televisión nos dan cuenta de una enorme cantidad de sucesos violentos, no solo de nuestro entorno inmediato, sino de más allá de lo que realmente podría involucrarnos, potencializado con el acceso a internet. Los medios de comunicación masiva han popularizado la violencia. Por otro lado, la violencia —en sus diferentes modalidades— ha transgredido la vida íntima de las colectividades, se ha instalado en la cotidianeidad de la familia y el quehacer del individuo. Asimismo, ha vaciado actividades que en otros tiempos eran llamadas de «sano esparcimiento»; la vemos plasmada gratuitamente en diferentes manifestaciones artísticas y, lo más alarmante, cada día nos va pareciendo como algo que es parte de la vida misma.