Este libro presenta la visión de la madurez de Guillermo Garbarini Islas: hombre de campo y un intelectual ávido de la lectura. El aserto se basa en su amor a una vida rural hoy desaparecida y su profundo conocimiento de todas las labores que le son inherentes; junto a su vocación de estar allí. Amaneceres y puestas de sol, asombro infantil y serenidad hoy. No hay nada más universal que lo particular –así dicen- y el libro genera remembranzas comunes a muchos. Las caminatas por el andén de todo el pueblo esperando el tren o la cuasi magia de los hoy casi desaparecidos almacenes de ramos generales. El libro no es nostalgioso: la vida en el campo era dura y aislada, para todos. El frío bruto se amenguaba con leña y kerosén. A menudo se sacaba el agua del pozo con la bomba manual, tarea que se encargaba a los jóvenes. La ojeriza a las siestas, andar por caminos desiertos bajo un solazo cayendo a plomo sobre las cabezas. Había que bañarse rápido porque apremiaba el breve calefón. Apenas se pescaba la radio. Ahí estaba el “suelo querido” donde se palpaba la Patria: como un quehacer. Hacer es comprender. Inmersos en el yoismo y mis derechos, el mundo actual parece no dejar espacio para el prójimo.