El siglo XVII, según Luis Javier Cuesta, se puede reconocer como el momento decisivo para el asentamiento y la difusión de la nueva imagen de la arquitectura del virreinato. Es el periodo en que el barroco penetra y cobra un cariz particular: en la poesía, el creador loa las arquitecturas antiguas con miras a la producción de escenarios para el fasto y el ritual barroco, con el fin último de glorificar al monarca; a su vez, los gobernantes de la época auspician obras y construcciones, tanto religiosas como civiles, como parte de su discurso para afianzar su auctoritas y mostrar un poder excepcional. Esta obra reflexiona sobre los indicios de la relación entre literatura y arquitectura, desde los cantos poéticos a la grandeza de las ciudades novohispanas hasta los sermones para la dedicación de templos y catedrales, en el marco de lo que el autor entiende como una historia antropológica del arte.