En Rosario Sansores es la piel y lo que puede simbolizarse en ésta, el punto de origen y retorno de la dialéctica de su alma. Por eso, su silueta y su voz, su mirada y su espejo de silencio tienen, en el fondo y la superficie, textura cierta de mujer. Es el emplazamiento de Eros en el centro mismo de su creación poética lo que hace en principio que Rosario Sansores se descubriera en las aguas del romanticismo. Pero en ello tiene que ver también el ritmo fluido de su expresión lírica y, sobre todo, la analogía a la contigüidad, sin fronteras claras, entre la piel y el alma. Pero si en la pira del amor estaba dispuesta a arder junto al amado, sabía también del desencanto y ante su latente proximidad, se reservaba para sí la opción de marcharse y sobrevivir. Aún más, sabía que su ser —ávido de emoción— estaba habitado, permanentemente, de una «inquietud» que hacía siempre transitorio el amor. Y ante la necesidad de optar, fue a fin de cuentas fiel a su inquietud: el resultado fue la soledad, pero una soledad acompañada en lo íntimo por el recuerdo inextinguible del amor. Como poeta en cambio, el deseo y la posesión de la belleza y luego el desencanto y, al fin de todo, la lúcida nostalgia de lo hermoso, resumen la dialéctica de su alma y su poética. En el centro de esta doble dialéctica de la piel y de la palabra, la poesía se nos da tan sólo como una flor sencilla para el sueño.