Durante la segunda mitad del siglo XVIII, las fuerzas regionales moldearon los ásperos contornos de la centralización borbónica con su plan de intendencias para la Nueva España y la presencia de nuevas autoridades territoriales con conductas autoritarias en el ejercicio del mando, y en el México independiente las demandas autonomistas de las regiones decidieron la Primera República Federal. En esos procesos, las «clases políticas» con arraigos locales tuvieron participación diversa y multifacética: participación militar, activismo en revueltas, motines y pronunciamientos, alternando con elaboración-publicación de escritos, discursos y argumentos dirigidos a justificar o posibilitar la acción política. A pesar de las diferencias regionales, las oligarquías locales y la administración colonial habían tejido una comunidad de ciudades novohispanas con distintos grados de intercambios culturales (interdependencias), así como de acuerdos y desencuentros por las territorialidades en consolidación. Relaciones institucionales, económicas y culturales que conectaban a una región periférica como la península de Yucatán (Campeche y Mérida con sus propias dinámicas intralugares o hinterlands) con el circuito del eje novohispano Veracruz-Puebla-México-Acapulco.