El punto de partida de este trabajo se encuentra ligado a un conjunto de interrogantes que han permeado mi práctica como docente de historia, entre las cuales destacan las siguientes: ¿La historia
puede ayudar a que los jóvenes expliquen el mundo en el que están
parados cuando éste parece girar de manera vertiginosa? ¿Qué tipo
de historia se debe enseñar, a fin de que los estudiantes desarrollen un pensamiento crítico que les permita enfrentar con razones
y argumentos los problemas que los afectan en lo cotidiano? ¿El
conocimiento del pasado es en verdad útil para comprender los
problemas del presente? ¿A partir del conocimiento del pasado se
pueden delinear expectativas de futuro? Éstas y otras muchas interrogantes me condujeron a reflexionar sobre una vieja pregunta
que hoy cobra especial vigencia: ¿para qué sirve la historia?