
Finalista del premio Nike, máximo galardón literario de Polonia. Anticipo: Capítulo II En la vida, la muerte es inapelable y una sola, "y quien ha muerto, no vive", como se dice. Los cadáveres aparecen exclusivamente como retratos en el ataúd o maniquíes en la visión local, solo los vivos están verdaderamente vivos, cuyas pruebas son sus incesantes actividades vitales: desde ingerir y evacuar hasta amar, construir casas, cuidar los depósitos bancarios. En tanto que la novela no conoce tales limitaciones. Aquí uno se puede permitir más cosas respecto a hechos tan dolorosos como la muerte y sus consecuencias. Porque hete aquí que es viernes, dos días antes. Cae la tarde, unas nieblas grises se levantan sobre Varsovia, esa ciudad torturada, prisionera de guerra cuya identidad resultante de múltiples sufrimientos fue desgarrada en pedazos y vuelta a pegotear a las apuradas, con cualquier cosa que estuviera a mano. Esa ciudad lanza bengalas de falta de consideración sobre las cabezas de sus habitantes, extiende hacia ellos unos brazos que crecen tan rápido como los tallos del poroto. En alguna parte de esa ciudad circula una muchacha que dentro de dos días se convertirá en cadáver, mientras que aquella que la matará –Tamara Mortus– está acostada sobre el piso de su casa y se siente como la chatarra de un pequeño avión alcanzado en algún lugar del espacio y arrojado al abismo por unos desconocidos. Enrolla sus largos cabellos sobre unos dedos temblorosos, enciende un cigarrillo, permite que el humo vuele hacia arriba, casi hasta el techo, y tiene la sensación de que es un cadáver colocado sobre una pira. Tamara sigue viviendo, a pesar de su apellido y de aquello que hace para resistirlo. Hace mucho que colabora con la muerte, con ella está negociando una fusión inminente. La carta de negociación es el alcohol y sustancias de otro tipo; es por ellas que Tamara se inclina a darle a la muerte sus acciones, pero esta sigue sin aparecer, siempre se burla de sus esfuerzos. Hoy de nuevo, desde el mediodía Tamara continúa sus conversaciones con ella. Ya ha alcanzado, hasta las dieciocho que dan los relojes, a beber tres lemoncellos grandes y una botella de vino, y sazonarlo todo con un poquitín de hash. Ante los ojos tiene un cuadro como los lienzos de los impresionistas –una manada de centelleantes manchitas multicolores–. Se dice que el alcohólico no bebe con cualquiera. Por lo tanto, Tamara piensa que bebiendo a solas nunca se convertirá en alcohólica. Se aseguró de tener en casa una considerable provisión de sustancias psicoactivas: porque quiere permanecer ahí (en la casa, tanto como en el bendito estado de delirio) el mayor tiempo posible, lo mejor sería durante todo el fin de semana que está comenzando, para el cual –tal como desde hace varios años– no tiene ningún plan. La única compañera, y al mismo tiempo testigo de su decadencia, es esa ciudad, Varsovia. Su gran corpachón atravesado por una continuidad de columnas, edificios, rascacielos, iluminados por mil neones titilantes. Las relaciones Tamara-Varsovia hacen recordar esas entre los simpatizantes de clubes deportivos rivales. A pesar de que la muchacha no sabe cómo irse de acá, no sabe cómo explicarlo, es una especie de adicción, un síndrome de Estocolmo. Hace poco tiempo atrás Tamara habría salido de la casa y se habría abierto a la extensa propuesta de la ciudad, a todos sus tumores, adherencias, jibas y hundimientos, a esos lugares en los cuales se aparta de la norma, marcas de enfermedad más altas. Precisamente a esos lugares querría llegar, lamer de ellos toda la sal de la noche, como los animales la lamen en las calles de invierno. Sin embargo, hace bastante tiempo que no lo hace. En vez de salir a la ciudad, prefiere salir a buscar vino. El capítulo XVIII es también de alto vuelo narrativo. Un extracto : Y de repente a Tamara le parece que todo eso en lo que hasta ahora había participado, había sido como un pacto entre ladrones. Un ladrón inaprensible, sin nombre, desde hacía mucho se metía furtivamente en su patio, saqueaba lo que podía y desaparecía al amparo de la noche. Lo había visto muchas veces, podría decirse que hasta lo toleraba, así como el más débil hasta cierto tiempo tolera el pillaje de los más fuertes, por fuerza de la costumbre o por impotencia. Vivían en una simbiosis no escrita. Pero la noche de ayer ese ladrón había pasado el límite. Si todavía tenía algo propio, era su cuerpo, el único que tienen los animales. Y precisamente eso le había sido robado. Su cuerpo había sido tratado como los cuerpos de los animales, se había convertido en un producto de consumo altamente atractivo, por lo tanto, había sido consumido. Se había convertido en el cuerpo del que todos habían comido. A pesar de que había sido creado para llevar en sí a ella misma, era, se podría decir, el último par de zapatos gastados en los cuales podría aguantar el invierno, eso llevaba sobre sus frágiles hombros más bien toda la ciudad, era el pan cotidiano de la gente sin rostro, que devoraba las últimas migajas de esa cena integrada por ella misma.
Especificaciones por formato:
ISBN-13: 9789876994606
Idioma del texto: Español
Número de edición: 1
País de publicación: Argentina
Año de publicación: 20180530
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