Gunther Dietz, Rosa Guadalupe Mendoza Zuany y Sergio Téllez Galván (Editores) La UNESCO define la diversidad cultural como “el patrimonio común de la humanidad”, gracias al cual “la cultura adquiere formas diversas a través del tiempo y del espacio. Esta diversidad se manifiesta en la originalidad y la pluralidad de las identidades que caracterizan los grupos y las sociedades que componen la humanidad. Fuente de intercambios, de innovación y de creatividad, la diversidad cultural es, para el género humano, tan necesaria como la diversidad biológica para los organismos vivos” (UNESCO 202). Como ilustra esta declaración internacional, a través de un proceso gradual y accidentado de descolonización cognitiva y académica, tanto las ciencias naturales como las ciencias sociales y humanas, producto de la tradición occidental logocéntrica, binaria y a menudo también monoepistémica, han ido concibiendo la diversidad biológica y cultural, respectivamente, primero como un “problema” y obstáculo a vencer, luego como un “recurso” a explorar y, finalmente, como un “derecho” a reconocer y respetar (Muñoz Cruz 2001). Reflejando este tránsito, aún reciente, hacia el reconocimiento social, político e incluso jurídico de las diversidades biológicas y culturales, los sistemas educativos latinoamericanos comienzan a “abrirse” a los reclamos del multiculturalismo.