Si se conviene que el planeta en pocos años ha devenido de una pequeña aldea (McLuchan, 1967) en una ciudad mundo, con todo lo que tal cambio de escala implica para la forma en que se relaciona el individuo, no sólo con el otro, sino con el mundo en general, se tendría que convenir, entonces, qué tan trascendental cambio de escala habría de suponer un nuevo código de relaciones entre los seres humanos y entre éstos y su espacio circundante, toda vez que la distancia que une, o separa, de los congéneres y del entrono, por demás impregnada de la noción de tiempo real que traen las nuevas tecnologías de información y comunicación (TICs) es cada vez más pequeña.Ese nuevo código que, en atención a las implicaciones espacio-temporales que las TICs comportan para la minimización de la dictación física y de las transacciones, bien se podría llamar de la cercanía, habría de suponer un, también, nuevo principio de corresponsabilidad derivado, justamente, de tan contundente compresión del espacio habitado; lo cual lude tanto al tema de la con-vivencia como al del conflicto que ésta en cualquier caso supone.Ese nuevo código que, en atención a las implicaciones espacio-temporales que las TICs comportan para la minimización de la dictación física y de las transacciones, bien se podría llamar de la cercanía, habría de suponer un, también, nuevo principio de corresponsabilidad derivado, justamente, de tan contundente compresión del espacio habitado; lo cual lude tanto al tema de la con-vivencia como al del conflicto que ésta en cualquier caso supone.