Al no aceptar las facilidades de las narraciones misteriosas, truculentas, “raras”, en países lejanos, Pitol abandona lo que podrían ser las historias de un turista, el mundo lleno de anécdotas tan variadas y enigmáticas como las figuras de un bazar, pero que al fin y al cabo constituyen la visión de un extranjero, de alguien que permanece al margen del tráfico de acontecimientos, por interesantes que éstos sean. Pitol no apuesta al impacto de la trama y así evita el costumbrismo exótico, la minuciosa recreación de la vida cotidiana que aparentemente otorga realidad a las situaciones más extrañas. La fuerza de Asimetría radica, por el contrario, en la densidad de las atmósferas, en la riqueza de las reflexiones, en la vida que se recrea y se discute a sí misma.