El siglo XXI empieza en América Latina con una efervescencia de los sectores subalternos en contra de los modelos dominantes del Estado-nación y del capitalismo neoliberal. Las luchas indígenas de larga data por la tierra, el territorio y su autodeterminación como naciones, toman un nuevo aliento, en algunos casos disputando la hegemonía política, económica y cultural y proyectándose como una fuerza refundadora de los Estados desde la clave de lo plural. Como resultado de estos esfuerzos por disputar el Estado, junto con el control social sobre recursos y territorios, en Bolivia y Ecuador, llegan al poder los gobiernos autodenominados “progresistas” y “de movimientos sociales”, que se posicionan como portavoces de los anhelos populares de cambio y, al mismo tiempo, autores-ejecutores del plurinacionalismo. Según estos “progresismos”, disputar con éxito la hegemonía y tomar el poder estatal permitió alcanzar un Estado integral reconciliado con la sociedad.