Hay una ruta marcada por el dolor
y la sangre: el secuestro masivo de millares de personas, víctimas de la
avaricia colonial y del comercio triangular entre Europa, África y América. El
cimarronaje nace en las costas africanas, en la travesía oceánica y en las
barracas esclavistas, extendiéndose por campos y suburbio afrodescendientes,
desilusionados de falsas promesas. Es un viaje de rebeldía y reflexión
ante el estancamiento social, el etnocidio ambiental, la discriminación y el
racismo estructural de una sociedad que se resiste a lo negro, su cultura, su
historia y sus derechos humanos. No es un recuerdo del pasado, sino
una memoria viva en Esmeraldas, el Chota, los barrios de Guayaquil y otras
urbes que aún padecen pobreza y exclusión. Nuestra etnia no es solo danza o gastronomía:
es resiliencia, es fuerzo e inclusión, donde la negritud fortalece la multiculturalidad. Estas letras recorren partidas y
llegadas, arraigos y desarraigos, heridas y esperanza. Son brújula de un
trayecto inconcluso, una voz que clama por la reparación histórica que los
gobiernos siguen negando a pagar