La evaluación del aprendizaje es esencial para los sistemas educativos. Sin embargo, se ha convertido en un ejercicio que se aparta del objetivo de contribuir al aprendizaje y frecuentemente responde a exigencias de los intereses dominantes de la sociedad estratificada, escindida y sin rumbo en la que vivimos. En los modelos de evaluación del aprendizaje vigentes se ha encontrado un lenguaje mercantil, bancario: los estudiantes “deben” cierta materia, una vez aprobado un examen ya la “pagaron” o la “acreditaron”, los cursos se miden en “créditos” y acumulando una determinada cantidad de créditos se obtienen determinados derechos. Pero el conocimiento no puede cuantificarse, excepto si se reduce a fragmentos de información. Tan carente de contenido real es la “medición” de conocimientos, que su unidad de medida son “puntos”, término que carece de significado cognoscitivo y no tiene relación con los elementos del complejo proceso vital del conocimiento: motivación, voluntad, capacidad de abstracción, de análisis y síntesis, creatividad, imaginación, capacidad de cuestionamiento y destreza en el manejo de las técnicas apropiadas.