Somos contemporáneos privilegiados de un cambio de época. Las fuerzas de la historia, que tantas veces maduran de manera subterránea en lo profundo de la sociedad que se busca a sí misma, emergieron un mayo de hace diez años como un barredor de tristezas, para descuadernar el mapa del desaliento, de la desesperanza, de dolores que se renovaban -de manera creciente e impiadosa- día tras día, ensangrentando las calles y oscureciendo la mirada del futuro. Algo del orden de lo imprevisto se hacía presente, rompiendo aquella cadena de continuidades irrespirables, y venía a interpelar un relato totalitario y totalizante que procuraba -sin declararlo- sellar en su saga miserable el fin de la historia y la muerte de las ideologías, con la pretensión apenas disimulada de afirmar un modelo de dominación que se ilusionaban con proyectar hacia una eternidad inexorable.