En su estado ontológico, el territorio constituye uno de los principales símbolos de identidad, sentido de pertenencia, poder, proyecto de vida y visión del mundo, entre otros elementos. Controlar el territorio significa el control del Yo y del Otro. Esto implica la objetivación de múltiples símbolos de prestigio, control ideológico, económico y cultural de las relaciones sociales, es decir, el Yo objetivado (realizado) a través del Otro. En su estado económico, social, político y cultural, los territorios adquieren matices, características, identidades en la esfera mercantil, en las cuales, se vende todo lo que se puede comprar. Pero ese es el resultado del descontrol del mercado. No puede exigirse que el estado controle la distribución de cualquier mercancía en medio de un modelo que se dice “libre”, eso sería una contradicción. Más bien, “hay que cambiar el modelo económico si el Estado desea controlar los territorios, o, por el contrario, hay que cambiar la forma del Estado, sus atribuciones y sus obligaciones”. (Ticas, 2014)