El título
ya anuncia una defensa del Don Juan. Tanto la obra como el personaje
necesitaban un humilde pero afectuoso espaldarazo después de más de siglo y medio
de diatribas, envidias y despechos. Como libo,
el Don Juan Tenorio fue criticado por su propio autor y obedientes y formados
siguieron toda su suerte de críticos; como personaje ha sido tildado de
indolente, desalmado, canalla y hasta homosexual. Hace falta extender la pluma,
tender la espada o romper una lanza en su defensa, sin no por amor al
personaje, al menos por amor a la verdad. La verdad
es como una mujer: la queremos toda, nuestra y para siempre; por ello, dos
personajes arquetípicos guían la vida de los filólogos: Don Juan y Fausto. Por
un lado seduce el amor y la carnalidad; por otro el conocimiento impostergable
y celoso, más celoso aún que el celo natural de los cuerpos. Antes de
condenar al Don Juan Tenorio es necesario conocerlo y reconocer en él
pulsaciones propias, tan humanas como animales, que nos emparientan tan íntimamente
con él que hace que toda la crítica sea constructiva y todo pecado imputado
tenga un guiño del verdugo.