Viajar a Europa, hace veinticinco años cuando la geografía política no era la misma que hoy, era una ilusión muchas veces acariciada. Los perímetros y la superficie de las naciones eran distintos a los actuales. Y aunque los regímenes que imperaban habían dividido al mundo entre comunistas y capitalistas, la geografía y la historia eran los mismos. Por eso es interesante este libro, escrito y redactado por su autor cuando el momento político era diferente. Han muerto la mayoría de sus héroes y, en esos 25 años, cayeron la Cortina de hierro y el Muro de Berlín. La dominación de la URSS dejó paso —obligada por su descomposición interna— a las naciones que todavía se esmeraban en actualizarse, pero que son víctimas de una ola delincuencial que obliga, todos los días, a buscar a los responsables, los que se nutren de la corrupción y utilizan la droga para escapar de la realidad y así tener «valentía». La corrupción existe en todos los ámbitos y ni siquiera las iglesias viven libres de las amenazas. No se sabe en quién confiar. El mundo vive angustiado en esta época, que parece no tener fin. El autor es testigo ocular de lo que dice. Ya no existe Checoslovaquia, como unidad política. Ya no hay más Yugoslavia, como Federación de Repúblicas Socialistas. Este libro es un testimonio de una persona que se desempeñó en sus horas libres como jefe de grupo de turistas; de lo que tuvo en sus manos y nadie lo advertía; de algo que, nuevamente, podría suceder. La historia, frecuentemente, se olvida y se repite con otros que la escriben, la viven y la sufren. El apocalipsis vive fundido en nosotros, representado por la desnutrición y la miseria, las plagas, las enfermedades incurables, los huracanes y los tsunamis, los terroristas y los guerrilleros. Dios —seguramente— permanecerá al final de los tiempos.