Ser alajuelense es una enfermedad incurable, gracias a Dios. Porque aunque te obliguen a permanecer en cuarentena, lejos de tu ciudad, no te vas a sanar. Y no importa si el exilio dura un año o veinte. Si llevas jugo de mango en las venas, no habrá para ti otro lugar en el mundo que se iguale a tu provincia. Y qué decir si tuviste la dicha de pasar en ella tus primeros años, donde los recuerdos se graban con tinta indeleble traspasando tu piel, tu carne, tus huesos. De eso he escrito. De lo que viví, lo que me hicieron dejar y lo que encontré o no encontré al volver. Escribo a lo que permanecerá conmigo más allá de mi vida y mi muerte, porque aquello que amas, es eterno. Con coloridas ilustraciones del caricaturista Nano, esta publicación nos recrea la Alajuela querida y disfrutada por muchos en las añorables reviviscencias de la autora.